miércoles, 13 de julio de 2011

Literatura e Infancia

Guillaume Apollinaire
“Acercaos al borde, les dijo.
Tenemos miedo, respondieron.
Acercaos al borde, les dijo.
Se acercaron.
El los empujó… y salieron volando.”

Simone de Beauvoir

“Más adelante aprendí algunas defensas, pero mis exigencias aumentaron. Bastaba para herirme el que me trataran como a un bebé; limitada en mis conocimientos y en mis posibilidades, no por eso dejaba de considerarme una verdadera persona. En la Place Saint-Sulpice, de la mano de mi tía Marguerite que no sabía hablarme muy bien, me pregunté de pronto: “¿Cómo se ve? “, y sentí un agudo sentimiento de superioridad: porque yo conocía mi interior y ella lo ignoraba engañada por las apariencias. No sospechaba, viendo mi cuerpo inacabado, que dentro de mi nada faltaba; me prometí no olvidar cuando fuera mayor, que a los cinco años uno es individuo completo”.

Memorias de una joven formal. 1980. Edit. Edhasa, Barcelona, España, Pág. 173.


Recado confidencial a los chilenos

La caza Azul en que nací está situada en una colina rodeada de hualles, un sauce, nogales, castaños, un aromo primaveral en invierno –un sol con dulzor a miel de ulmos-, chilcos rodeados a su vez de picaflores que no sabíamos si eran realidad o visión ¡tan efímeros!

En invierno sentimos caer los robles partidos por los rayos. En los atardeceres salíamos, bajo la lluvia o los arreboles, a buscar las ovejas –a veces tuvimos que llorar la muerte de alguna de ellas-, navegando sobre las aguas.

Por las noches oímos los cuentos y adivinanzas a orillas del fogón, respirando el aroma del panhorneado por mi abuela, mi madre, o la tía María, mientras mi padre y mi abuelo –Lonko de la comunidad- observaban con atención y respeto.

Hablo de la memoria de mi niñez y no de una sociedad idílica. Allí, me parece, aprendí lo que era la poesía. Las grandezas de la vida cotidiana, pero sobre todo sus detalles: el destello del fuego, de los ojos, de las manos.

Sentado en las rodillas de mi abuela oí las primeras historias de árboles y piedras que dialogan entre sí, con los animales y con la gente. Nada más, me decía, hay que aprender a interpretar sus signos y a percibir sus sonidos que suelen esconderse en el viento.


Chihuailaf Elicura, 1999. Recado confidencial a los chilenos. Santiago, LOM. pág. 17.


Oigan a ese niño

A mí el que me gusta es el caballo para pintar la
velocidad con tal que nos dure
el juego hasta que sea
grande y tenga harta pero harta
libertad como para ir por ejemplo
a París y estar aquí
a la vez sin
necesidad de plata, por ir,
sólo por ir y preguntar si vivo
ahí o
aquí no más estoy viviendo.
Cuando tenga cuatro me largo.

Gonzalo Rojas.

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